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Por Amante Eledín Parraguez
El hábito de la lectura siempre nos lleva por senderos encantados y nos ofrece placenteras sorpresas. En mi caso, casi siempre responde a la necesidad de resolver alguna pregunta o de buscar un cauce para el desarrollo de alguna idea, que por cierto, surge desde mi experiencia cotidiana: la de profesor de enseñanza básica.
De paso, comento que mi hábito lector fue estimulado fuertemente en mis primeros años de colegio, por mis profesores y por el mundo misterioso y alucinante de los libros, donde leí las primeras letras y lo primeros versos. Tanta razón tiene el poeta Sergei Pey cuando dice que “la poesía es el asombro de la infancia y siempre estamos en busca de ese asombro”. Este es mi punto de partida.
Este artículo se trata de la importancia que tiene la poesía para el aprendizaje y desarrollo del lenguaje en los primeros años de escolaridad, pero sobre todo, la importancia de la poesía para el desarrollo afectivo de cada niño y la formación de valores humano tan importantes hoy en día. Es sabido que el desarrollo del lenguaje es el desarrollo del pensamiento. Al mismo tiempo el pensamiento, a medida que se desenvuelve y desarrolla, va creando su propio lenguaje.
Se comentan las dificultades de comprensión lectora y las carencias en la expresión escrita. En estas fallas puedes incidir muchos factores escolares y extraescolares. En este contexto quiero retomar la importancia de la literatura, y en particular de la poesía, como un bien cultural que nos ayuda a una mejor y mayor “alfabetización” de las personas. Al hablar de “alfabetización”, me refiero no solo al hecho de leer mecánicamente y con cierto grado de comprensión, sino también a la apropiación creadora del lenguaje: capacidad para leer y comprender el mundo que nos rodea, para transformarlo en algo mejor. Esto porque la mayor dificultad observada, es la limitada capacidad de los alumnos para expresarse en forma escrita (escritura espontánea).
Por tradición (o comodidad), el eje de nuestra metodología de enseñanza es la lectura y comprensión mecánica de textos, es decir, la traducción o desciframiento de un mensaje escrito. Esta actividad generalmente se realiza utilizando fichas de lectura, acompañada de preguntas que los niños deben contestar.
Al abordar el lenguaje desde la gramática nos fijamos en la función de las palabras en forma aislada, de ahí la idea de que la palabra es la unidad básica del lenguaje, y la palabra aislada no tiene sentido. El lenguaje así pierde su carácter lúdico, plástico o rítmico, dentro de un conjunto significativo. Se pierde entonces lo más propio del lenguaje; que es su dinamismo interior, su plasticidad, su cualidad rítmica y su apertura a nuevas posibilidades expresivas; es decir, la sugerencia, que da pie a la creatividad. Agreguemos nuevamente la posibilidad lúdica del lenguaje y su invitación al juego, a la imaginería y a la fantasía. Sin embargo tenemos la posibilidad de otra perspectiva, la que nos aporta Octavio Paz, y nos dice que “el idioma es una totalidad y no la forma la suma de sus voces…” La palabra suelta no es propiamente lenguaje, sino que es la frase la unida más simple de lenguaje. ¿Qué es lo que hace la gramática entonces? Aquí Octavio Paz utiliza una comparación diciendo que, como el átomo, que es un organismo viviente, la fragmentación de ese organismo sólo se alcanza ejerciendo cierta violencia, esto es, lo que a juicio de este poeta, realiza la gramática sobre la frase. El lenguaje “es un universo de unidades significativas, es decir, de frases”.
Las lecturas que ofrecemos a nuestros alumnos son, en mayor proporción narrativas, informativas o instructivas. La poesía se lee y trabaja en mucho menor grado, desconociendo las posibilidades de ésta para la alfabetización de los alumnos.
El valor de la poesía
Atendiendo a la esencia del lenguaje que es su función simbólica, la poesía es muy importante en la vida de las personas. Octavio Paz nos señala que “el lenguaje es poesía en estado natural”.
La esencia simbólica del lenguaje consiste en representar un elemento de la realidad por otro. Esto es justamente lo que hacen las metáforas. Muy bien lo explica el poeta citado cuando señala que cada grupo de palabras es un instrumento mágico, es decir, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de transmutar aquello que toca. Perfectamente un niño pude decir que un “árbol” es una “casa”, o que su “lápiz es un bicho que vomita palabras”.
A veces nos invade el prejuicio de que los niños no son capaces de “entender” o asombrase con la poesía, por eso le negamos al posibilidad de interactuar con ella. Otras veces, tratando de facilitarles la tarea, se les proponen textos “fáciles”, con un vocabulario rebuscado en el sentido de “lo entendible”, y se les quita la posibilidad de un vocabulario más profundo y claro. La poesía, y el arte en general, nos acerca a la belleza, que provoca en el ser un estado de armonía y asombro al mismo tiempo. La belleza, según el pensamiento de Schiller, es forma porque la contemplamos y es vida porque la sentimos. Aquí surge una idea clave que la expresa el poeta y educador Hugo Montes en su libro Poesía y Educación: “Esta cualidad dual de la belleza es la base de su poder educador…lo mismo podemos decir de la poesía como expresión de belleza” Y luego agrega “La belleza procura placer y esparcimiento, satisface la necesidad lúdica que hay en el ser humano”. En Schiller, como lo explica Hugo Montes, la expresión “juego” tiene un sentido muy profundo, pues, “de todos los estados del hombre, es precisamente el juego y sólo el juego el que realiza íntegramente lo humano”.
Mi experiencia de varios años como profesor de enseñanza básica, me ha demostrado la riqueza y el potencial de la poesía, en la enseñanza del castellano y del buen uso del lenguaje. He observado muchas veces como los niños se encantan con la lectura y declamación de poemas. Me refiero a poemas de autores chilenos como Oscar Castro, Andrés Sabella, Efraín Barquero, Jorge Teillier, Gonzalo Rojas, Miguel Arreche, Pablo Neruda, y la propia Gabriela Mistral. El encanto es fundamental. Si no hay encanto, no hay lectura significativa: no hay comprensión ni aprendizaje. Aprender a leer no es sólo aprender a decodificar signos en forma aislada, sino, aprender a relacionar, a descubrir los vínculos de un signo con otro dentro de un contexto. Es una acción que va más allá de descubrir el significado de una palabra, es también aprender a descifrar “el milagro”, y el milagro es lo maravilloso, es el secreto que guardan las palabras como trama. En esa acción de descubrir el milagro, el niño que lee, agrega su cuota de entusiasmo y creatividad. Entonces aprender a leer no es extraerle el sentido a un mensaje, sino también agregarle contenido, por lo tanto, leer en plenitud también es un acto de creación.
La poesía es una gran posibilidad de compartir con los niños la idea de un mundo sencillo, profundo y misterioso, y con nuestra participación, puede llegar a ser mejor y más bello aún. Los poemas están cargados de metáforas: de imágenes que invitan a jugar, descubrir, interpretar, imaginar y proponer nuevas imágenes. El lenguaje de la poesía es lúdico y a la vez misterioso. Invita al juego y a la conquista.
El niño aprende a leer encantadamente por el ritmo que le entrega un verso; por la melodía que contiene un fragmento. “las palabras humildes son armoniosos vuelos / de pájaros celestes que no han venido al mundo…” nos dice el poeta Daniel de la Vega. Las palabras conocidas o desconocidas no imponen un significado sino que sugieren un sentido. Una palabra con otra se amalgama en una confabulación mágica que propone una realidad mejor; más amable y más hermosa. En este mismo sentido Gabriela Mistral nos señala que “…la belleza de la poesía está en la rima y en el ritmo y no en el tema, el cual puede ser escogido y expresado a voluntad” (En revista Orfeo, 1967, p. 171) Hay muchos poemas donde Gabriela Mistral hace de esta idea una verdad. Voy a citar un fragmento de un poema que mis alumnos suelen declamar con gusto y placer.
“Una niña que es inválida
Dijo: -¿Cómo danzo yo?
Le dijimos que pusiera
A danzar su corazón.”
Es una alegría constatar que lo que he observado en mi experiencia, otros auténticos creadores ya lo han notado y dicho. Es también como el escritor y estudioso de la literatura José M. Ibáñez, para quien la enseñanza de un buen castellano tiene en la educación “la única salida posible…” En cuanto a la enseñanza de la literatura, él nos dice que “debe concentrarse casi exclusivamente en el gozo primario de la lectura, en el descubrimiento fresco y espontáneo de la belleza, y en la relación íntima entre la creación literaria y los problemas vitales y efectivos del alumno”.
El aprendizaje y el buen uso del lenguaje, según el juicio de José Miguel Ibáñez, no tiene que ver tanto, con un tecnicismo y excesivo abuso de una heterodoxia verbal regida por normas y preceptos, “sino de alcanzar un contacto vivo con la palabra y las realidades que expresa”. Es aquí donde entra la poesía, con si frescura, su riqueza, su poder de sugerencia, su magia y encanto. El autor bellamente a uno grande en las letras; Miguel de Unamuno que dijo del arte poético, Y nosotros podemos ampliarlo al buen uso del lenguaje, que su aprendizaje “no es cosa de pre-ceptos sino de post-ceptos”.
¿Y los maestros?
Una de las tareas fundamentales que tenemos los profesores es la enseñanza del idioma: el castellano. Pero también es tarea de todos: escritores, libreros, padres, editores. Pero los maestros, como también lo dice J.M.Ibañez, “Sólo se necesitan –no poco es cierto- los maestros, y los maestros de los maestros, que sepan tender los puentes”. Estos son los maestros de aula que saben sacar des sus fuentes el pensamiento. El método socrático de la mayéutica, como lo señala el autor, el de dar a luz el pensamiento, el de hacer nacer del fondo de lo indeterminado las nuevas comprensiones y las palabras precisas. Como lo dice el poeta Daniel de la Vega y lo declaman a coro los niños, porque,
“Tienen un resplandor inmortal. Es preciso
Saber amar las buenas palabras transparentes.
Yo las amo. Conozco sus perfiles ardientes.
Cada palabra tiene su oculto paraíso”
Nadie podrá rebatir la importancia que tiene un profesor en la transmisión de la cultura y el conocimiento, sin quitar importancia a los padres y a la familia en su rol co-educador. Pero el profesor (o maestro) es insustituible, tanto como los padres para un niño. Es un puente entre una generación y otra, entre una época y otra, entre un tiempo y otro. Debe transmitir, comunicar y unir un tiempo con otro. Sin embargo no es un transmisor pasivo, sino un vaso comunicante que, al mismo tiempo alimenta y estimula; en cierto modo purifica, pues su rol fundamental es ser mediador, propiciando un diálogo recreador de la cultura. Es también la tarea de los poetas. Esta tarea es permanente. Algo de sabio y maestro bonachón hubo en Andersen. Y en Gabriela Mistral, además de la poeta, está la maestra desde los primeros años de su vida adolescente.
El arte de enseñar, es un arte que debiera establecer la relación entre poesía natural del alumno y las obras literarias; entre los textos de la vida y la vida de los textos. No nos podemos quejar de falta de grandes obras: nuestro paisaje literario es inconmensurable.
Es un tema de vital importancia, pensar cómo mejorar la enseñanza de nuestro idioma, cómo emplearlo mejor para embellecer nuestra vida y solucionar nuestras carencias y problemas. Creo que los poetas lo han tenido siempre claro. Hay muchos poemas que pueden ser leídos. Hay que darle tiempo a la lectura de poesía dentro de la sala de clases, porque no es una perdida de tiempo. Y hay que dar espacio a los poetas y los encantadores de las palabras. Y en Chile hay tantos y muchos de buena calidad. Ya lo señalan los innumerables reconocimientos que a recibido nuestra poesía a nivel internacional. La poesía no es un relleno, es el plato principal, donde se nutre el alma de un ser y de toda una nación. Desde que aprendí a leer nuestra poesía y ahora como profesor, tener un silabario poético donde aprender a leer con encanto la belleza de la vida y el mundo, es mi permanente aspiración.