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Amante Eledín Parraguez Lizana

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El verso perfecto de Lucila, una lección de dulzura

Por Amante Eledín Parraguez
poeta y profesor del Saint George´s College

Gabriela MistralMuchos de nosotros, los que hemos nacido en esta “fértil provincia y señalada” no conocemos cabalmente la obra, ni menos alcanzamos a dimensionar lo que nos dejó como herencia poética, cultural y social nuestra poeta Gabriela Mistral. Mucho se habrá escrito sobre su vida y sobre su poesía especialmente en otras naciones, donde plasmó su huella y su sello, sin embargo para nosotros aun sigue siendo un tesoro por descubrir, incluso su misma poesía es desconocida para el común de las personas, salvo por algunos de su poemas que cuando niños aprendimos en la escuela. Pero nunca es tarde cuando se trata de aprender y valorar lo nuestro.

Escribo estas líneas desde el mismo sitio donde ella sembrara sus primeros sueños, y donde hoy; los que ostentamos el título de maestro, debemos cosechar los frutos de su obra: la sala de clases. ¿Qué nos legó Gabriela Mistral a los maestros? Mucho. Nos dejó sus poemas, sus rondas, sus recados, sus cartas y sin poner en la balanza ni lo uno ni lo otro, nos dejó su testimonio y su ejemplo como maestra, oficio que aprendió haciendo como ayudante, mucho antes que le reconocieran oficialmente su preparación y su labor pedagógica. Ella se hizo maestra por la fuerza de la vida, llamada por esa voz telúrica convertida en poesía con “esa palabra secreta que permite decir las terribles cosas del amor, del dolor y de la muerte”, voz emergida de entre los cerros y valles de su tierra natal, y que luego cantara con otros tonos de alegría y esperanza.

Lucila Godoy quiso ser madre y no lo fue en sentido estricto, pero fue maestra con ardor de madre y fue poeta con pasión de maestra. No tuvo hijos propios pero los niños de sus escuelas fueron sus hijos. Su maternidad se volcó ahí, en la sala de clases, en su quehacer pedagógico, y tuvo trascendencia en su poesía. Para ella “la santidad de la vida comienza en la maternidad” por eso su poesía se convirtió en arrullo. ¿Cuántos de nosotros acaso, no hemos experimentado en alguna ocasión ese sentimiento maternal o paternal frente a nuestros alumnos? ¿Cuántas veces no habremos sustituido esa ausencia de padre o de madre, o esa falta de amor y cariño para algún niño o niña sin hogar? Lucila convirtió su amor de madre en amor de maestra y siendo ya Gabriela, en amor de poeta, en cuya vida se dedicó a cantarle a los niños del mundo. Según Benjamín Carrión “el estigma sagrado de Gabriela fue el de la maternidad de los hijos de los otros” estigma que se plasmó en los “Poemas de las madres”

“Por el niño dormido que llevo, mi paso se ha vuelto sigiloso…”

Al comprender este misterio, su dedicación a los niños se convirtió en “voto supremo de apacentar los hijos ajenos” Desde entonces, al pie de la montaña, en los patios de escuela, en las plazas y en los caminos está la ronda. Para ella, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien tuviese el alma de niño, tendría abiertas las puertas del reino de los Cielos. Su poesía entonces es ronda, es corro:

“Los astros son rondas de niños,
Jugando la tierra a mirar…
Los trigos son talles de niñas,
Jugando a ondular…a ondular…”

El legado de Gabriela a los maestros de hoy está en la institución de su magisterio: “ Si enseñas a los hijos de los hombres, enseñarás a su claridad, y tu lección tendrá una dulzura desconocida”

“Cuando yo te estoy cantando,
En la Tierra acaba el mal:
Todo es dulce por tus sienes;
La barranca, el pinar.”

Esta herencia y esta lección, Gabriela Mistral la traduce en su poesía arrulladora; cargada de ternura y de amor. Su poema entonces será canción de cuna: Es esta dulzura la que debemos aprender de su poesía, dulzura que brota de esa tierra prometida que encontramos en sus poemas:

“Duerme, duerme niño mío,
Sin zozobra, sin temor,
Aunque no se duerme mi alma,
Aunque no descanse yo”

Y su ejemplo de maestra se traduce en su labor de búsqueda y de creación del verso perfecto. Como ella misma lo dice: “que alcance a hacer de una de mis niñas un verso perfecto, y a dejar en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más” Este era el anhelo de Lucila y que lo ejerció siendo maestra en muchas escuelas de Chile y que alcanzó una dimensión trascendente en sus poemas, mostrando cuan bella puede ser la vida y cuan bello puede ser un oficio. Es legítimo que los maestros nos preguntemos ¿Cómo hacer de nuestros alumnos el verso perfecto? ¿Qué hacer para que nuestra labor cotidiana no sea una mera repetición y transmisión de conocimientos, sin ese aporte sustancial que es recrear la vida? La voz de Lucila; la maestra, aun sigue viva entre el bullicio del presente. Sus labios siguen cantando a pesar de su ausencia:

“Ya en la mitad de mis días espigo
Esta verdad con frescura de flor:
La vida es oro y dulzura de trigo,
Es breve el odio e inmenso el amor

Mudemos ya por el verso sonriente
Aquel listado de sangre con hiel.
Abren violetas divinas, y el viento
Desprende al valle un aliento de miel”

Aquí hay una pedagogía, surgida de la vida y del compromiso de una mujer con su tierra y con sus hijos. La considero esencial pues se funda en un valor humano, que no tiene como fin la eficiencia, la competencia, ni la cantidad, sino la dedicación a las personas. Debemos aprender esta lección sencilla y profunda de nuestra poeta. Y si tenemos que pedir algo a Dios o a la vida misma, que sea “el amor único de mi escuela; que ni la quebradura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes”

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